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El mito de Hermafrodito

El mito de Hermafrodito era la forma que los antiguos griegos tenían para explicar la existencia de personas que desarrollaban características sexuales propias de ambos sexos. Lo que hoy en día sabemos gracias a la ciencia que se debe a anomalías genéticas o cromosómicas que alteran el desarrollo habitual de las características de los genitales del individuo, en la Antigua Grecia era considerado un prodigio. Un hecho que iba contra la naturaleza y que debía interpretarse como una señal de los dioses, en ocasiones feliz, en ocasiones funesta. Como para todo aquello que no existía respuesta, los griegos desarrollaron un mito que explicaba el origen de una de estas criaturas, a la que dieron de nombre Hermafrodito.

Hermafrodito nació como fruto de la unión adúltera de la diosa Afrodita y el dios Hermes. Esta pareja de dioses no mantenían una relación estable, y esta fue la única ocasión en la que tuvieron un encuentro sexual. La diosa Afrodita estaba casada con el dios Hefesto, una unión que había sido bendecida y buscada además por el mismo Zeus. La diosa del amor tenía como amante regular al dios Ares, por lo que debió de considerar que su desliz con el mensajero de los dioses había sido un error que no debía repetirse. Hermes a su vez era una divinidad cambiante y volátil a la que no se conoce una relación sentimental estable. Con un padre tan poco interesado en la paternidad y una madre arrepentida del acto que había concluido con su concepción, el pequeño Hermafrodito nació con su destino sellado. Fue abandonado en el monte Ida, y allí fueron las ninfas las que criaron al pequeño hijo de los dioses. En honor a sus padres y combinando sus dos nombres, se le llamó Hermafrodito.

Como correspondía a un descendiente de Afrodita, con el paso de los años Hermafrodito resultó ser un joven extraordinariamente bello. Mortales y criaturas mitológicas le declararon su amor, pero Hermafrodito se mantuvo célibe, demostrando un nulo interés por las relaciones, ya fueran heterosexuales ya fueran homosexuales.

Una mañana Hermafrodito paseaba por los alrededores de Halicarnaso, y el fuerte calor le incitó a bañarse desnudo en un pequeño lago. El joven nadó y se refrescó, ignorando que estaba siendo observado por Sálmacis, una náyade que habitaba en aquellas aguas. La ninfa del lago quedó fascinada por la belleza del joven,  sintió nacer en su interior una pasión devoradora. Sálmacis salió a su encuentro y se ofreció a Hermafrodito, pero éste, como era su costumbre, rechazó sus proposiciones. La ninfa no desistió: se abrazó a Hermafrodito y trató de arrastrarle con ella hasta las profundidades del lago. Como el hijo de Afrodita estaba a punto de escapar, Sálmacis suplicó a los dioses que le permitieran estar siempre juntos, como si los dos habitaran en el mismo cuerpo. Los dioses le concedieron su súplica, y unieron a Sálmacis y Hermafrodito en un mismo cuerpo, con características físicas masculinas y femeninas.

 

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